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ELOGIO APASIONADO DEL CONOCIMIENTO


por Antonio Muñoz Molina
Enviado por Cris

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No sé si hay un rasgo más singularmente humano que el instinto de aprender, en su doble sentido de adquirir una habilidad y descubrir algo nuevo. Nacemos mucho más torpes y más indefensos que las crías de cualquier otra especie. Nuestra supervivencia depende de manera inmediata del amparo prolongado de nuestros mayores y de nuestra capacidad de adquirir mediante la curiosidad y la imitación destrezas que no recibimos en la herencia genética. Las primeras frases rudimentarias que aprendemos a decir son preguntas. Pero aún antes de que hayamos comenzado el proceso asombroso del aprendizaje de la lengua ya estamos preguntando al indicar las cosas con el dedo, al fijarnos en ellas con esa intensidad sin parpadeo de la mirada infantil. Tener hijos es recordar o más bien descubrir hasta qué punto la mayor parte de los gestos más naturales en apariencia son el resultado de un aprendizaje lento y laborioso; es darnos cuenta de la extensión de lo que no sabíamos y ahora damos por supuesto.
 
Salvo respirar y succionar la leche materna casi todo hemos tenido que aprenderlo, y es probable que ni siquiera fuésemos capaces de caminar completamente erguidos si no nos hubiéramos fijado en los adultos. Aprendemos con cautela y aprendemos con temeridad; a saltos súbitos y con perseverancia. Julio Cortázar escribió unas instrucciones célebres para subir una escalera. Su lectura tenía un gran efecto humorístico, pero basta fijarse en cómo un niño intenta gatear en los primeros peldaños o cómo el filo de un descansillo al que se asoma puede ser un abismo terrible para revelarnos la dificultad extrema de lo que nos parece muy fácil tan sólo porque hemos olvidado el esfuerzo que nos costó al principio. Y qué cuento habría podido escribir también Cortázar con las instrucciones para hacerse el nudo de los zapatos, en el que se nos enredaban tantas veces sin éxito nuestros dedos infantiles, o para llevarse a la boca una cucharada de sopa.
 
Cada niño es un filósofo presocrático que se hace las preguntas fundamentales sobre el origen y la naturaleza del universo y sobre los fenómenos más comunes. Obtiene conclusiones fantásticas de la observación directa y establece hipótesis que explican satisfactoriamente la forma de la tierra, el motivo de que el fuego queme y el hielo dé frío, de que pegue el pegamento y la luna aparezca en el horizonte al anochecer. Cada niño es una máquina de aprender que imita, que pregunta, que imagina, que se muere de ganas de saber el final de una historia apenas se le ha contado el principio, que señala cada cosas y cada animal con el dedo para saber sus nombres, que nos agota con sus preguntas insaciables sobre todo. Empieza a aprender laboriosamente las primeras letras porque ha hecho el descubrimiento de la equivalencia artificial entre esos signos y los sonidos familiares, y entonces va por la calle queriendo descifrar cada uno de los letreros que encuentra, tirando impaciente de la mano adulta que lo guía.
 
En esa actitud no somos distintos de los otros primates superiores: lo que nos distingue de ellos es el volumen de todo lo que tenemos que aprender y la capacidad intelectual equivalente. Y absorbemos de una manera tan profunda lo que hemos aprendido que se nos vuelve natural y nos parece instintivo, lo mismo las palabras de la lengua materna que adquirimos a los tres años que las del otro idioma en el que nos sumergimos en la edad adulta; y con la misma desenvoltura que damos un paso después que otro o realizamos la complicadísima sucesión de operaciones físicas y mentales que nos permiten subir o bajar una escalera nos acostumbramos después a pedalear en una bicicleta manteniendo un equilibrio que al principio parecía imposible, y conducimos un coche por una autopista mientras escuchamos música o conversamos con un compañero de viaje. Aprender bien es olvidar que hemos aprendido.
 
Verdades obvias, desde luego. Pero conviene no perderlas de vista para apreciar el valor y la dificultad de lo que damos por supuesto, que suele ser lo más importante de la vida. Damos por supuesta la salud hasta que caemos enfermos. Nuestra existencia entera depende del hábito de la respiración, pero sólo pensamos en ella a no ser que notemos un ahogo. Nadie como un asmático aprecia el don del aire limpio y fresco en los pulmones. Sólo cuando se ha vivido bajo una tiranía conserva uno la plena conciencia del valor de la democracia. Y quizás, cuando nos hemos convertido en personas razonablemente cultivadas, nos cuesta más apreciar nuestro privilegio y recordar los años de esfuerzo que hemos dedicado al aprendizaje, y la diferencia enorme que hay entre saber algo y no saberlo, entre el analfabeto y el letrado, entre la explicación racional de los hechos y la confusión de la mentalidad supersticiosa o fanática. Es una diferencia, casi siempre, de clase, y perdonen que use un término poco de moda en una época en que la izquierda ha abandonado el marco conceptual de las clases sociales para sustituirlo por el de las identidades colectivas.
 
Sólo quien vive en un país regido por el imperio de la ley se deja seducir románticamente por fantasías libertarias; y para encontrar el paraíso en la vida rural es imprescindible habitar en una ciudad moderna. Tristemente nadie aprecia lo que ha tenido desde siempre. Pero lo que no se aprecia no se defiende, y basta que algo se dé por seguro para que esté en peligro, porque no hay nada valioso que no sea también muy frágil. Quizás por eso lo que más sorprende de la España democrática es el poco apego que parece tenerse a la democracia, y el poco prestigio que se concede al saber.
 
No es una impresión subjetiva, una muestra más de esa cansina pesadumbre con la que los españoles miramos a nuestro país. Tenemos uno de los índices más altos de abandono escolar de la Unión Europea y uno de los más bajos de gasto en investigación científica. Ni una sola de nuestras universidades aparece en las listas de las mejores del mundo. La productividad de nuestra economía no ha dejado de caer en los últimos años, y una de las explicaciones más habituales entre los economistas es la baja calidad de la enseñanza en España. No hay político en el poder que no diga esa tontería triunfal de que la actual generación es la mejor preparada de nuestra historia, pero el estado de ánimo habitual entre los que se dedican de verdad a la enseñanza en las aulas –por distinguirlos de la caterva de los pedagogos y los entendidos- es la desolación. Desolación ante el bajo nivel de conocimiento que se arrastra de un curso a otro, de la escuela al instituto, del instituto a la universidad, y más desolación todavía ante la dificultad de mantener en las clases una atmósfera propicia al aprendizaje. Algunos levantamos la voz queriendo alertar de esta degradación de la enseñanza hace ya más de veinte años, y se nos llamó alarmistas y reaccionarios. Pero llegaron uno por uno los demoledores informes internacionales a partir de 2007 y la clase política y sus aliados en el establishment pedagógico se mantuvieron inamovibles en su ceguera interesada, en su optimismo catastrófico, en su astucia para eludir responsabilidades. Se recordará que el general Franco murió en 1975, pero aún así la consejera de educación de la junta de Andalucía atribuyó el mal estado de la enseñanza en su comunidad a la herencia franquista. Y disculpen si continúo hablando de mi tierra, ya que por ser de allí me hieren más los disparates que vienen de ella. Para paliar –verbo de moda- el abandono escolar, la Junta de Andalucía estableció un renovador sistema pedagógico: pagar un estipendio a los alumnos por el simple hecho de no irse de la escuela.
 
Pero hay un dato que me parece más doloroso y más significativo, por razones personales que explicaré después: por primera vez, en España, está llegando a la edad adulta una generación menos cualificada académicamente que la de sus padres.
 
Mi indignación es civil y política, pero también personal. Pertenezco a una generación que nació en la mitad del siglo pasado y por lo tanto ha vivido a medias entre dos mundos. Nos hicimos adultos en un país que empezaba a ser próspero, pero tenemos recuerdos muy nítidos de la pobreza y el atraso. Vivimos en grandes ciudades y en mayor o menor medida casi todos nos hemos asomado a otros países del mundo, pero nos criamos en sociedades rurales en las que la vida se reducía al círculo muy estrecho del pueblo o del barrio campesino, y en las que las expectativas de bienestar eran muy limitadas, y menos verosímiles que las de retroceso, porque una mala cosecha o unos años de sequía o una enfermedad podían traer la ruina, o estrechar más aún el cerco de la pobreza.
 
Muchísimos de nosotros fuimos los primeros en nuestras familias no ya en llegar a la universidad sino en terminar la escuela primaria y hacer el bachillerato. Los escritores tienden a atribuirse pasados singulares en los que muy prematuramente ya se insinuaba la predestinación para la literatura. Pero que yo me hiciera escritor no es más significativo, en términos de cambio social, que las carreras profesionales de otros coetáneos míos de parecido origen: profesores, médicos, ingenieros, periodistas, abogados. Cuando nos encontramos por el mundo nos reconocemos sin vacilación, con una fraternidad instantánea basada en la memoria común, que nos alivia de la necesidad de explicarnos. Algunas veces tenemos recuerdos que parecen más antiguos que nuestras propias vidas. Somos parecidos a ese tipo de personaje tan frecuente en las novelas americanas del siglo XX, el hijo de emigrantes que habla sin acento la lengua del nuevo país y se mueve con fluidez en él pero conserva la lengua de sus padres y siente que viaja a otro mundo o a otra región del tiempo cuando visita el barrio en el que nació, y del que los emigrantes de la primera generación nunca salieron del todo.
 
Nuestros padres pertenecen al país del pasado, nuestros hijos al del porvenir. Nosotros, que hemos vivido con plena conciencia el tránsito del uno al otro, no nos identificamos por completo con ninguno de los dos. Dibujamos las primeras letras sobre una pequeña pizarra con un marco de madera y ahora escribimos en un ordenador portátil en el que acarreamos sin peso toda la biblioteca de nuestros trabajos y todas nuestras conexiones instantáneas con el mundo exterior. Nuestros padres segaban con hoces y cavaban la tierra con azadas y nuestros hijos envían a toda velocidad mensajes por el teléfono móvil en un lenguaje cifrado que a nosotros nos cuesta comprender. Nos acordamos de cómo era el mundo antes de la televisión y ahora navegamos con soltura por Internet y sabemos encontrar en youtube una actuación recóndita de Thelonious Monk en los años cuarenta. Para nuestros hijos viajar en el AVE en menos de tres horas de Madrid a Barcelona es tan natural como lo fue para nosotros pasarnos largas noches enteras en los expresos que nos llevaban a Madrid. Ellos se mueven por Europa sin fijarse mucho en las fronteras que cruzan.
 
Nosotros nos acordamos de cuando hacía falta un certificado de buena conducta expedido por la policía para solicitar un pasaporte, y los hombres de la generación de nuestros padres apenas salieron de jóvenes de su pueblo natal para ir al ejército, y cuando salían a Europa era para trabajar en tareas agotadoras y muchas veces serviles en países de gente arrogante y hostil que les daba órdenes en lenguas que ellos no entendían. Y cuando nos va a ganar el fatalismo sobre nuestro sistema político una punzada instintiva nos recuerda siempre que por muy defectuosa que sea la democracia nunca es lícito renegar o capitular de ella, porque hemos vivido en una dictadura y recordamos la experiencia de su grosería y su fealdad, y conocemos de primera mano la diferencia entre tener libertad y no tenerla, entre ser un súbdito y ser un ciudadano.
 
Y nos damos cuenta, según cumplimos años y tenemos hijos, de que una de nuestras obligaciones es contar lo que nosotros hemos vivido, explicar con cuidado cómo fueron las cosas para que quienes no las vivieron sepan calibrar cómo son ahora, qué reciente es todo lo que ellos tienden a dar por supuesto qué poco tiempo ha pasado desde que parecía imposible lo que ahora resulta casi aburridamente cotidiano. Pero ésta ha sido inmemorialmente la tarea de la enseñanza y la responsabilidad de las generaciones mayores hacia las jóvenes: la transmisión de conocimientos fundamentales para explicar con veracidad el mundo y para sobrevivir con dignidad en él. La historia entera de la especie humana se basa en ese trasiego permanente de la experiencia acumulada y renovada por las generaciones sucesivas.
 
Como a mucha gente de mi edad, me criaron personas que poseían saberes prácticos muy valiosos y sutiles y que profesaban una reverencia temerosa hacia las formas abstractas del conocimiento, para ellos inaccesibles. En la mayor parte de los casos escribían y leían con dificultad pero al decir la palabra saber parecía que la pronunciaban con mayúscula. “El Saber no ocupa lugar”, decían. “El que no sabe es como el que no ve”. Muchos de ellos no habían tenido nunca la oportunidad de ir a una verdadera escuela. Otros habían acudido brevemente a aquellas escuelas llamadas de “perra gorda” en las que maestras aficionadas, con buena voluntad y no mucha instrucción, les enseñaban rudimentos de escritura y de cuentas en graneros o portales. A mi abuelo materno, que llegó a tener una letra elegante y leía con una noble entonación algo enfática, le enseñó a leer y a escribir por las noches, a la luz de un candil, un capellán o sacristán del cortijo en el que trabajaba como mulero (y perdonen que me sume a la moda de sacar a relucir un abuelo: lo hago por razones estrictamente sociológicas).
 
En 1936, cuando estalló la guerra, mi padre tenía ocho años, y mi madre seis. Los dos dejaron entonces la escuela para no regresar, él forzado a trabajar en el campo ayudando a su abuelo mientras su padre estaba en el frente, ella en una casa de muchos hermanos en la que las obligaciones domésticas le hicieron olvidar pronto una afición precoz a la lectura. Hombres y mujeres eran conscientes con la misma agudeza de las limitaciones que la falta de instrucción formal imponían en sus vidas, pero las experimentaban de manera distinta. Los varones, a los que uno veía moverse con tanta seguridad y soltura en los trabajos del campo, se volvían medrosos cuando trataban con personas que tenían sobre ellos una posición de poder basada en los privilegios misteriosos del conocimiento: funcionarios, médicos, abogados, jueces, inspectores, sacerdotes, figuras de autoridad casi siempre despectiva y muchas despótica que habían accedido a ella por nacimiento o porque tenían estudios.
 
“Tener estudios” quería decir vagamente haber hecho una carrera, hablar de una forma sonora usando palabras poco comprensibles, incluso saber latín. “Ese sabe latín”, decían de alguien no particularmente honrado, pero sí muy hábil para sacar beneficio sin demasiado esfuerzo, y muchas veces con engaño. Hasta un oficinista que supiera escribir a máquina y hacer anotaciones enigmáticas en grandes libros de registro ostentaba poder y disfrutaba privilegios: entre otros, el no pequeño de trabajar bajo techado, a salvo del calor, de la lluvia o del frío. Para defenderse de esa gente hacía falta un dominio de las palabras habladas y escritas equiparable al suyo. Por mucho que se esforzara en su trabajo, un campesino o un artesano sabía que sus posibilidades de progreso eran muy limitadas. Pero abogados, jueces, inspectores, recaudadores, podían quitarle lo que era suyo y arruinarle la vida. La ignorancia era una debilidad y una humillación; un insulto de clase.
 
Para las mujeres esa conciencia de inferioridad era aún mayor porque reforzaba su posición subordinada hacia los hombres. Nosotros, de niños, imaginábamos que ese era el orden natural de las cosas, y ni siquiera cuando empezamos a alimentar conatos adolescentes de rebeldía política se nos ocurrió que las mujeres en nuestras familias sintieran alguna forma de disgusto hacia el papel que se les asignaba. Leíamos en secreto el Manifiesto Comunista de Marx y la Revolución Sexual de Wilhelm Reich pero no teníamos el menor reparo en que nuestras madres y hermanas nos hicieran las camas, nos sirvieran la comida y se quedaran fregando platos y barriendo la cocina cuando nosotros ya habíamos regresado a nuestra lectura emancipatoria. Para las mujeres de clase trabajadora que no pudieron seguir yendo a la escuela ni tener derechos civiles después de la victoria franquista la falta de educación formal era una injuria todavía más inmediata, porque confirmaba su dependencia absoluta de padres y maridos, su encierro en la casa y en las labores domésticas, la pura imposibilidad del libre albedrío.
 
Muchos años después, en la democracia, muchas de esas mujeres, quizás en mayor medida que los hombres, acudieron a las escuelas de adultos, queriendo desquitarse de una ignorancia a la que secretamente no se habían resignado nunca, y que sólo habían podido compensar alentando en sus hijos, y más aún en sus hijas, la dedicación al estudio, la ambición de hacerse autosuficientes por el único medio que les parecía digno y posible, el conocimiento.
 
Pocas veces ha habido un salto tan grande entre las generaciones como el que hemos vivido muchos de nosotros. Hemos tenido suerte con la época histórica en la que nos tocó hacernos mayores, del mismo modo en que nuestros padres fueron infortunados con la suya. Pero estamos aquí, la mayor parte de ustedes y yo mismo, gracias a dos cosas: la primera, el sacrificio enorme que ellos hicieron, levantando con su trabajo un país atrasado y en ruinas; la segunda, el acceso a la educación, en el que tanto empeño pusieron nuestros padres. Sería revelador hacer una encuesta entre los hombres y las mujeres que han destacado en cualquier campo de la vida pública desde los primeros tiempos de la Transición hasta el pleno asentamiento de la democracia y la modernidad en los años 90 para saber cuál es su origen social y qué nivel de formación tuvieron sus padres. Cuántos de los legisladores, líderes políticos, investigadores científicos, escritores, cineastas, que han protagonizado el cambio formidable de nuestro país en los últimos treinta años tuvieron la oportunidad de desarrollar sus mejores cualidades gracias no al privilegio económico ni a la posición social sino a la educación. Perspectivas insospechadas se abrían con el desarrollo de los años sesenta, propiciado en gran parte por la llegada de millones de turistas y los ahorros enviados de vuelta por millones de emigrantes, pero la más importante de todas fue que muchos de nosotros, a llegar a los once o los doce años, en vez de abandonar la escuela para unirnos a nuestros padres, pudimos seguir estudiando. Las becas eran escasas, y el sacrificio familiar considerable.
 
Pero el ansia de saber más y de tener vidas menos estrechas y el aliento de algunos maestros y de algunos profesores que nos abrían el mundo en el bachillerato cambiaron literalmente nuestro destino. Otros mejor situados socialmente tenían bibliotecas familiares y padres que podían orientarlos y llegado el momento proporcionarles el acceso a redes de influencia. Nosotros dependíamos en exclusiva de lo que aprendiéramos en la escuela y en el instituto. Lo que no nos enseñaran allí no lo podíamos estudiar en ninguna otra parte. El lujo de los libros sólo nos era accesible en la biblioteca pública.
 
Nuestros padres veían cumplirse en nosotros un sueño inaccesible para ellos, pero en su satisfacción, en la de los padres más que la de las madres, sospecho, había una nota de melancolía. Notaban que la educación multiplicaba y aceleraba la lejanía inevitable de los hijos al salir de la infancia. El conocimiento que ellos habían reverenciado y que les daba cierto miedo y cierta desconfianza ahora sentían que nos apartaba de ellos. Deseábamos cosas que ellos no comprendían, adquiríamos gustos que los irritaban o los alarmaban. Los hijos nos dejábamos el pelo largo, las hijas se volvían respondonas, fumaban, se ponían faldas demasiado cortas. Peor aún, mostrábamos una indiferencia hostil hacia casi todo lo que a ellos les importaba más, precisamente los saberes y los oficios gracias a los cuales nos habían sacado adelante. Repetían, machaconamente: el saber no ocupa lugar. Estaba bien que estudiáramos, pero qué daño podría hacernos aprender también los oficios que ellos amaban, el trabajo de la tierra, la capacidad de hacer cosas con las manos. Si todo salía de la tierra, ¿de qué iba alimentarse el mundo cuando no quedara nadie que la quisiera trabajar? Ellos y sus padres habían visto cómo de la noche a la mañana la normalidad que conocían había sido arrasada por la guerra. ¿Quién nos aseguraba a nosotros que el día de mañana no íbamos a vernos forzados a volver al campo, a cultivar plantas y criar animales para subsistir?
 
En el fondo lo que les daba más pena es que no supiéramos apreciar los saberes que ellos dominaban, el conocimiento que no habían adquirido en las aulas y gracias a los libros sino a través de la experiencia directa, de las destrezas aprendidas de sus mayores. Nosotros, los que hemos vivido a medias entre dos mundos, recordamos aún lo que en gran parte ya se ha perdido, el legado de saberes populares que no dejan huella porque se transmitían al margen de la cultura escrita, y porque pertenecían a la gran cultura universal de los pobres, que se borra para siempre como un idioma que nunca se escribió y que ya no habla nadie, pero que contenía todos los nombres y los matices del mundo. No hago romanticismo de la pobreza: simplemente atestiguo la desaparición de una cultura popular que existió hasta ayer mismo, y en la que muchos de nosotros hemos nacido, de la que no sentimos nostalgia, pero hacia la que sería indigno no mostrar lealtad, respeto hacia todas las cosas que aquellos hombres y aquellas mujeres sabían, eran capaces de hacer, lo que hubieran querido enseñarnos, lo que aprendimos con desgana y luego hemos olvidado.
 
Cada habilidad era decisiva para la supervivencia: cómo ordeñar una vaca, con qué mezcla de delicadeza y de presión al apretar las ubres; cómo elegir los mimbres para tejer una cesta en la cual se recogerían luego las hortalizas o se guardaría la comida; cómo hacer una soga con hilos secos de pita; cómo calcular los días mejores para la siembra del trigo en otoño o para empezar la siega a principios del verano; cómo trazar una hilera de surcos paralelos en la tierra recién arada y cómo levantar de un solo golpe de azada un breve dique de tierra para cambiar la dirección del agua en el riego; cómo degollar a un cerdo de una sola cuchillada y cómo remover la sangre para que no se coagulara mientras iba cayendo en el gran lebrillo que recibía su borbotón rojo oscuro y caliente; cómo mantener separados los pies mientras se estaba cavando para que la hoja de la azada no hiriera uno de ellos; cómo desprender del tallo los higos o los tomates sin dañarlos; cómo recoger la aceituna de un olivo muy joven no golpeando con la vara sus ramas todavía demasiado tiernas sino rozándola con las dos manos abiertas, como se ordeña; cómo saber si una sandía o un melón estaban ya lo bastante maduros para separarlos de la mata; cómo ceñir la cincha al lomo de un mulo o de un burro o un caballo para que la albarda, sin sofocarlo, no se deslice y haga caer al jinete o volcar la carga; cómo escrutar cada día con perspicacia y paciencia el cielo para averiguar si lloverá o no.
 
Era una sabiduría de la escasez, de la perseverancia, de la autosuficiencia; también, por supuesto, de la confianza en la rutina y el recelo ante los cambios. Era un talento forzoso para aprovecharlo todo al máximo y no desperdiciar nada, para apurar una tajada de carne hasta que no quedaba una brizna en el hueso, para alimentar con sobras a los cerdos de los que dependía la alimentación de la mitad del año, para zurcir con un primor admirable un calcetín o una camisa, para hacer jabón con el aceite usado, para cocinar un plato sabroso con los materiales más humildes, de modo que se aprovecharan y además duraran más en aquellas casas en las que no había frigoríficos. En bordar una mantelería o unas sábanas nupciales las mujeres ponían un impulso estético tan iletrado y tan infalible como el que resplandece en la cerámica vidriada de un jarro o en la poesía de un romance popular. En los puestos del mercado las frutas y las hortalizas se apilaban según criterios estrictos de armonía visual. Un buen herrero o un buen alfarero moldeaban la materia con una maestría sin esfuerzo aparente a la que habían dedicado sus vidas enteras. Había que hacer las cosas lo mejor que uno pudiera, con diligencia pero sin aturdimiento, con atención pero sin recrearse holgazanamente en la tarea. No hacer algo bien tenía consecuencias negativas inmediatas. El orgullo de uno era su trabajo. El que no se ganaba la vida poniendo los cinco sentidos en lo que tenía que hacer era un gandul o un tramposo. Los pobres no tenían más carrera que la honra. A nosotros, claro, nos sacaba de quicio que fueran tan machacones, tan austeros, tan desconfiados de los extraños y del mundo exterior, tan atentos a no levantar la cabeza del plato hasta que no habían apurado la última brizna de comida, tan obsesivos con el recuerdo de los años del hambre, tan temerosos de cualquier indicio que diéramos de inconformismo político. Lo más importante era no llamar la atención, no destacarse nunca. Incluso bien entrada la democracia nos pedían cautela. Por mucho que hubiéramos estudiado nosotros no podíamos imaginar lo que ellos habían visto.
 
De adolescente, de joven, yo pensaba que elegir un mundo era renegar de otro. Por una parte estaban las aulas, por la otra el trabajo detestado en el campo. La literatura era una ventana por la que escaparse, un submarino y una máquina del tiempo que me ayudaban a vivir en la casa familiar y en la huerta de mi padre como si ya me hubiera marchado de ellos. Sólo muy poco a poco descubrí que esa disyuntiva era ficticia porque el alimento principal de mi imaginación literaria era la experiencia del mundo que había elegido abandonar y la tensión incesante entre el presente y el pasado, entre el irse y el volver, entre lo que parecía que iba a durar siempre y se perdió sin rastro de la noche a la mañana y su huella en mi conciencia. Y descubrí también, mucho más lentamente, que en aquellos saberes que a mí me habían parecido monótonos y obsoletos, ajenos a las visiones mucho más excitantes que me ofrecían los libros, había una lección muy pertinente para mi vida y para estos tiempos: una atención a la realidad concreta que compensaba saludablemente las dañinas tendencias a las abstracciones y las generalidades de la imaginación intelectual. Las plantas, los animales, las estaciones del año, merecen ser observados con la atención aguda de un campesino, que es la de un científico instintivo, consciente de los ritmos y los delicados equilibrios del orden natural. Y hacer cosas con las manos, cuidar un jardín o preparar con aplicación una comida, requiere aprendizajes prácticos que lo fuerzan a uno a despertar de los ensueños halagadores y tantas veces narcisistas de un trabajo exclusivamente intelectual.
 
También esta biografía ha determinado en gran parte mis posiciones políticas y mi militancia apasionada en defensa de la instrucción pública. Como me crié en una dictadura procuro no olvidarme del valor supremo de la democracia, que no es un logro definitivo y por lo tanto seguro y estático, sino un proceso en el que casi todo está en juego cada día. Si no defendemos cada día lo que es evidente corremos el peligro de que nos lo arrebaten. Cada día hay que defender el imperio de la ley, la igualdad de los ciudadanos ante ella, la presunción de inocencia, la libertad de expresión, negándose a rajatabla a admitir coacciones o rebajas.
 
Cuando un derecho se ejerce sin conciencia de su valor se convierte en un privilegio. En este tiempo en que las conquistas del Estado de Bienestar están en peligro es más urgente que nunca, si queremos salvarlas, transmitir a quienes las han disfrutado desde que nacieron el conocimiento de lo recientes que son y del esfuerzo de responsabilidad personal que es necesario para mantenerlas.
 
Pero es que la plena ciudadanía en ningún caso es posible sin el conocimiento. Tal vez por eso la clase política española pone tanto interés en propagar la ignorancia. La hegemonía abrumadora de las redes políticas y clientelares en un país de sociedad civil tan débil como el nuestro se sustenta en gran medida sobre la resignación o la indiferencia de las inmensas mayorías, que carecen de influencia sobre la selección de candidatos para las elecciones y de cauces de control y de exigencia de responsabilidades una vez los representantes han sido elegidos. Libres de control efectivo, forzados a la obediencia a los aparatos partidistas de los que dependió su candidatura y de los que dependen por completo sus carreras y sus medios de subsistencia, los miembros de la innumerable clase política española han parasitado cada ámbito de la vida pública y de una administración hipertrofiada que ha de proveer cuantiosas colocaciones para todos ellos. Una administración profesional se basa necesariamente en el mérito, y es la espina dorsal del estado de derecho y del estado de bienestar: maestros, médicos, profesores, jueces, técnicos competentes, policías, administrativos. Pero el contagio clientelar y la intromisión política en el ámbito de decisiones que deberían ser estrictamente legales o técnicas subordinan el mérito a la adhesión partidista y minan a la vez el imperio de la ley y el prestigio del conocimiento. Una cosa que sorprende cuando se vuelve a España de países socialmente más asentados es la omnipresencia de los políticos, de sus trifulcas y sus declaraciones. Y sorprende todavía más la cantidad de cargos decisorios y bien remunerados para los cuales no se exige más cualificación ni más credencial que el carnet de un partido en el poder. ¿En qué país serio cambia el director de un museo o el gerente de un hospital o de un teatro porque ha habido un cambio de gobierno?
 
Sin una ciudadanía formada y responsable, el debate político se reduce a palabrería de charlistas, sectarismo partidario y publicidad electoral. Todo la educación obligatoria en una democracia es, en este sentido, una educación para la ciudadanía. Sin un conocimiento sólido de la historia y de la geografía universales no es posible situarse en el tiempo y en el espacio. Hace falta una rigurosa introducción a las ciencias físicas y naturales para adquirir una conciencia racional del mundo y de la posición del ser humano entre los demás seres vivos, y para fortalecer la conciencia contra el fanatismo y la superstición. Y es necesario que desde niños se nos vaya introduciendo con sensibilidad, imaginación y rigor en el conocimiento de las artes –la literatura, la plástica, la música- porque es el contacto temprano con ellas lo que nos educa la sensibilidad y nos permite descubrir nuestras mejores inclinaciones estéticas.
 
La ignorancia no libera, simplemente embrutece; la falta de exigencia impuesta en nombre del igualitarismo en la enseñanza pública favorece sobre todo la desigualdad, porque quien tenga medios los invertirá en dar a sus hijos la educación que no reciban en la escuela. Democratizar la enseñanza no es sólo garantizar que todo el mundo tenga un puesto escolar y que cualquier alumno, por ignorante que sea, pueda llegar a la universidad. Democratizar es asegurarse de que cada persona, independientemente de su origen social y educativo y de los medios económicos de su familia tiene la oportunidad de desarrollar al máximo sus capacidades. Democracia no es que el alumno haga en clase lo que le venga en gana o que el padre o la madre puedan insultar al profesor si le da el antojo: democracia es que un chico encuentre en la escuela los libros que no hay en su casa, y que gracias a ella descubra su vocación para las matemáticas o para la literatura o para la mecánica, y que al cumplir los 18 años pueda votar evaluando racionalmente las posibilidades que se le ofrecen y sabiendo detectar las mentiras halagadoras que se le cuenten.
 
Nadie nace sabiendo, decían los mayores machaconamente. La vida es aprender siempre y disfrutar de ese aprendizaje. Todo puede ser apasionante si se explica bien, porque llevamos la curiosidad en los genes. Bien explicada la astronomía es mucho más apasionante que la astrología, y la historia que cualquiera de las leyendas de pasados novelescos con que los nacionalistas se obstinan en alimentar sus quejumbrosos narcisismos colectivos. La política, con frecuencia, consiste en crear diferencias irreconciliables: la ciencia nos enseña que todos los seres humanos somos una extensa familia, y la descodificación del genoma humano confirma los que ya sabíamos por la literatura: que siendo cada uno de nosotros un ser único nos parecemos tanto que podemos conmovernos con las experiencias de los desconocidos. El conocimiento racional nos da la medida de nuestras fuerzas pero también la de nuestros límites. Nadie nace sabiendo, y algunos parece que además nacen condenados a la ignorancia y a la miseria, pero gracias a la instrucción pública y a la voluntad personas eminentes han salido de la nada para mejorar modesta o radicalmente el mundo. Las utopías radicales de mayo del 68 se mezclaron con éxito a los intereses del capitalismo de consumo para inculcarnos la idea de que cualquier deseo o capricho es un atributo de nuestra libertad personal: pero la biología, la ecología y la psicología nos avisan de que la gratificación instantánea del capricho sólo produce frustración y ansiedad, y de que los recursos del planeta no son ilimitados. Nuestra tendencia natural, también alentada por las tonterías publicitarias, es creer que cada uno de nosotros es el centro del mundo, que nuestra época es la culminación del tiempo, que como en nuestra comarca no se vive en ninguna parte, que nuestros hijos son los guapos y los más listos, que pertenecemos al pueblo más antiguo, al más perseguido, incluso al pueblo elegido. Desde que Copérnico desbarató la idea de que la tierra era el centro del universo, el conocimiento racional no hay hecho más que ponernos saludablemente en nuestro sitio: somos primos hermanos del gorila y del chimpancé y parientes próximos de la rata de laboratorio y de la mosca del vinagre.
 
El orgullo de las raíces y del origen que tanto les gusta celebrar a los peores gánsteres de la política nos lleva a todos exactamente a la misma patria, las sabanas del África oriental de las que emigraron algunos de nuestros antepasados hace unos sesenta mil años. La idea tan original que tú piensas que acaba de ocurrírsete la pensó hace milenios un egipcio o un griego, y la podías haber aprendido antes y mejor formulada en cualquiera de los libros que no te molestas en leer. Tu soledad no es tan amarga porque la reconoces en un poema escrito por un desconocido. El ser humano no es el rey de la creación ni la medida de todas las cosas: más lúcida y más cercana a la ciencia que la soberbia occidental es la intuición budista y taoísta de que formamos parte de una malla infinita de conexiones que abarca a todos los seres vivos y a la materia inerte, y por lo tanto al universo. Aspirantes a caudillos políticos o religiosos quieren robarnos el albedrío en nombre de la adhesión a la patria o a la causa o al reino de los cielos: el conocimiento fortalece nuestra soberanía personal y la fraternidad con nuestros semejantes y nos ayuda a desbaratar las mentiras que nos cuentan. Y también nos descubre el saber que más falta nos hace: cómo vivir con dignidad, aquí mismo, ahora mismo, honrando a los que vivieron antes que nosotros, cuidando los dones valiosos y frágiles de este mundo, que es el único mundo y el único paraíso posible, tratando de no hacerlo inhabitable para los que vengan detrás de nosotros.
 

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